
El hambre es una tragedia cotidiana que afecta a millones de personas en el mundo. Por ello, ocupa el primer lugar entre los ocho Objetivos de Desarrollo formulados por los 189 Estados firmantes de la Declaración del Milenio del 2000.
Ya falta menos de un tercio del tiempo programado para conseguirlos, el 2015, y las perspectivas de cumplimiento no son muy halagüeñas, de hecho, en septiembre de 2010 se llevará a cabo una cumbre de revisión ya que los esfuerzos realizados hasta el momento son insuficientes, especialmente ante la preocupante situación del hambre en el mundo.
El número de personas hambrientas en el mundo era de 800 millones antes del inicio de la crisis alimentaria de 2008 debido al alza sin precedente del precio de los alimentos básicos. En la actualidad ya superan los 1.000 millones y las cifras siguen en aumento.
La paradoja es que se producen alimentos suficientes para sustentar a todos los habitantes del planeta. Entre 1960 y la actualidad se ha triplicado la cantidad de granos producidos en el mundo, mientras que la población mundial se ha multiplicado por dos. En 2008 se produjo la mayor cosecha de la historia y en 2009 la segunda mayor cosecha, entonces ¿por qué somos incapaces de atajar las hambrunas?
Parece que el problema no es la cantidad de alimentos que se producen si no quién los produce, cómo se producen y para quién se producen.
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